Como cada mañana ella estaba allí, sentada en la misma zona de cada día, leyendo en silencio y concentrada. No podía evitar mirarla con curiosidad puesto que su hermosura y delicadeza eran un imán que atrapaba su mirada. El simple hecho de verla cada día le hacía feliz, aunque no supiese nada sobre ella.
Pero ese día algo cambió, ambos se bajaron en la misma estación, y la sorpresa que ésto le produjo le hizo tropezar y caerse al bajar del tren. Se sintió avergonzado por su torpeza, cabreado consigo mismo por el posible ridículo que acababa de hacer, pero al intentar incorporarse vio que una persona de ondulados cabellos dorados le tendía una mano para que se levantase. Estaba sorprendido, se trataba de su diosa particular, la que le iluminaba el trayecto todas las mañanas y que curiosamente ese día y en ese momento se había bajado en su misma estación.
Le agradeció mucho la ayuda y se fue corriendo, maldiciéndose a sí mismo por haber desperdiciado la oportunidad de estar a su lado unos segundos más y temiendo a la vez el no volverla a ver. Esperaría con ansias la mañana siguiente…
El día había pasado sin contratiempos, exceptuando los coqueteos de una de sus compañeras, la cual estaba especialmente cariñosa ese día, pero no le disgustaba, es más, no descartaría el invitarla a tomar algo al finalizar la jornada laboral. Pero finalmente no pasó nada porque se enteró por medio de las cotillas de la planta que el novio de esta chica, que estaba trabajando en Bruselas, llegaba esa noche.
Al salir de su trabajo y camino a la estación, un poco cansado, empezó a repasar mentalmente la nevera, puesto que tenía que pasarse por el supermercado a por ciertas cosas, lo cual no le quitaría demasiado tiempo para poder soñar despierto con lo que le había ocurrido esa mañana.
La noche pasó más rápido de lo previsto, y la mañana llegó cargada de lluvia. Pese al tiempo, se vistió y salió a la calle con su paraguas e ilusión de volverla a ver.
Efectivamente todo había sido como cada mañana, pero ese día, al verle entrar, esbozó una pequeña sonrisa, pero curiosamente ese día, el vagón se llenó más rápido de lo habitual y la perdió de vista entre la multitud apelotonada, hasta el momento en el que dejó el tren, momento en el que sus miradas se volvieron a cruzar intencionadamente…
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